¿Es mucho pedir?

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Los números cuentan

Por: Antonio Contreras

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El artículo anterior concluyó con una pregunta: ¿será mucho pedir?

La elaboración de una propuesta, por parte de partido político, hombre, mujer o quimera, que se convierta en un programa de Gobierno con objetivos específicos y una estrategia para alcanzarlos, si el voto popular lo permite, es una petición razonable, vamos, requisito mínimo, del que se hace caso omiso sistemáticamente.

Damos por descontado que gobernar un país no es lo mismo que manejar una empresa. Que le pregunten a Fox. En común tienen emprender un camino para llegar a una meta. Fundamental es plantear objetivos y estrategia.

La administración por objetivos, sea privada o pública, es eficaz; pero tiene un defecto grave: necesita objetivos para funcionar.

Lo más importante es poner la carreta detrás de los caballos, que la jalarán. Parece obvio, pero después de los últimos sexenios, incluido el actual, con sus anhelos que se quedan en el aire como buenas intenciones sin respaldo para aterrizar y concretarse, es indispensable aclararlo. Plantear una causalidad: ¿queremos que la economía crezca? ¿Para qué? ¿Eso mejorará el nivel de vida de los mexicanos o sólo servirá para enriquecer más a una muy reducida minoría que ya es multimillonaria en dólares? ¿Seguiremos por la senda del donativo o beneficio directo que compra votos pero que empeora la situación en el mediano plazo?

Es necesario, pues, un planteamiento serio, porque de otra manera volveremos a perdernos, llegado el momento, en una tormenta de imágenes de cartel y eslóganes vacíos: “Vota por Claudia”, “Marcelo, el mejor”, “Alito. No crean a sus detractores”, “Kuri. Si pudo en Querétaro, podrá con el paquete”, “Luis Donaldo ve un México que sigue teniendo hambre y sed de justicia”. Y así por el estilo… 

Empecemos por los objetivos. Las necesidades son claras.

La comparación que la prestigiada revista The Economist publica cada semana incluye los siguientes indicadores económicos: crecimiento, inflación, tasa de desempleo, balance en cuenta corriente, déficit (superávit) fiscal y tipo de cambio. Por aquí podemos empezar.

El Gobierno, en voz de su único portavoz, acaba de aventarse la puntada de declarar: “Se ha desechado la decisión tecnocrática de medirlo todo en relación con medidores de crecimiento que no necesariamente representan las realidades sociales”. Y más adelante afirmó: “El fin último de un Estado es crear las condiciones para que la gente pueda vivir feliz. El crecimiento económico y los incrementos de la competitividad y la productividad no tienen sentido como objetivos en sí mismos, sino como medida para lograr un propósito superior: el bienestar general de la población y, aún más preciso, el bienestar material y el bienestar del alma”. Dan ganas de llorar después de escuchar las cincuenta sombras de güey. Y no es la primera vez: durante el sexenio pasado enfrentamos también el deprimente enfoque de favorecer a la maquinaria constituida por los grandes grupos empresariales para que esa locomotora remolcara el progreso del país, lo cual acentuó la desigualdad en la distribución del ingreso y favoreció el movimiento del péndulo al extremo en el que nos encontramos ahora.

Es necesario, pues, plantear objetivos que permitan llegar a lo planteado por el Dalai Peje como propósito último, pero siguiendo una ruta que vaya más allá de planteamientos filosóficos o excusas para justificar la pésima ejecución de proyectos públicos. De acuerdo con el Felipe Ángeles, pero ¿sin tren u otro medio para llegar al aeropuerto? Que alguien me explique. Es de primer año.

¿Cuánto crecer? En este sexenio, entre Pejendemia y pandemia, es el día que no levantamos cabeza. La población mexicana va a pasar de casi 125 millones en 2018 a poco más de 129 millones en 2022. El ingreso por la venta a precios de mercado del total de bienes y servicios producidos va a disminuir poco más del 5 por ciento entre 2019 y 2022. Menos producto entre más mexicanos es igual a menos ingreso por mexicano; más o menos un 10 por ciento menos.

Entonces necesitamos crecer por lo menos un porcentaje anual similar al crecimiento de la población, el cual está alrededor del 1 por ciento, muy poco si revisamos los propósitos de los recientes gobiernos de crecer a tasas asiáticas superiores al 5 por ciento. Sin embargo, la inercia, ese necio principio newtoniano que nos dice que necesitamos cambiar algo si queremos que una tendencia se modifique, nos dice que el producto mexicano ha crecido un 2.4 por ciento anual en promedio durante los últimos 20 años.

Si la población creciera al 1 por ciento anual y el producto nacional bruto al 2.4 por ciento anual, el ingreso promedio aumentaría más de un 15 por ciento real en ese lapso. Digamos que a una persona que gana 10,000 pesos le damos un aumento a 11,500. Nada mal. Ahora bien, si queremos crecer a tasas superiores, es indispensable decir cómo. Sólo decirlo como una intención patriotera de ¡ahora sí, vamos para adelante! ha sido, durante un largo periodo, insuficiente.

Sobre inflación hemos aprendido mucho en las últimas décadas. Creímos que, al aumentar el gasto del Gobierno financiando el gasto adicional con impresión de billetes (“no hay problema: tenemos el monopolio), podríamos crecer. La terca realidad plasmada en la teoría macroeconómica nos mostró que después del primer momento de encanto (¡qué maravilla, la magia sí funcionó) el aprendiz de brujo se topa con la peor calamidad que un trabajador puede enfrentar: los precios aumentan a un ritmo superior a su ingreso, y ello lo condena a descender en la escala hasta llegar, en muchas ocasiones, al nivel de supervivencia. Así pues, la inflación no debe rebasar el 3 por ciento anual, sin dejar de considerar un nivel similar en la economía de nuestro vecino del norte.

La tasa de desempleo debe ser baja. Lo es actualmente, con alrededor del 3.4 por ciento, pero los criterios para medir cuántos mexicanos carecen de una actividad remunerada parecen diseñados para reflejar un mundo ideal. Empleada se considera a una persona que trabajó más de una hora a la semana. ¡Imagínense! Con eso no le alcanza para nada. En la clasificación de personas desempleadas no se considera a aquellas con actividades no remuneradas, como amas de casa y estudiantes. Una cifra alrededor del 3 por ciento es aceptable siempre y cuando se endurezca el criterio de clasificación de personas sin empleo.

El balance en cuenta corriente debe tener un mínimo de cero. Deseable es que exportemos más de lo que importamos, pero por lo menos dicho balance debe ser positivo. Fluctuaciones temporales, bienvenidas, pero nada más.

En el caso del déficit fiscal, también es deseable que éste se ubique en una cifra menor a cero. Los ingresos del Gobierno deben ser superiores a sus gastos, pues de otra manera tendremos que endeudarnos y después pagar los intereses más gasto; y luego más endeudamiento y… saquen sus conclusiones.

Respecto al tipo de cambio, no tiene sentido establecer un objetivo. Si se diseña y ejecuta una estrategia para alcanzar los objetivos previos, la estabilidad del tipo de cambio llegará por añadidura.

El índice de Gini (cuanto más bajo, mejor) mide el nivel de desigualdad de un país. El de México está actualmente en 0.45. Ocupamos el lugar 25 en una lista de 158 países, lo cual confirma, una vez más, lo que ya sabemos: vivimos en un país con una gran desigualdad. Cuando comento esto con algunos amigos, no falta quien dice: “Pues que cada uno se rasque con sus uñas”. Gracias, Slim, Salinas Pliego y demás tripulantes de la altruista locomotora de millonarios que jala al resto del país. De acuerdo, siempre y cuando existan oportunidades para el desarrollo y el ascenso social. Quince generaciones se necesitan en Colombia para subir un escalón, caso muy similar al de México; y mucho menos en Finlandia. Es el mismo punto de partida, pero con caminos y apoyos muy diferentes.

Tan malo es dejar de crecer y disminuir nuestro ingreso por persona como aceptar la desigualdad mientras sigamos creciendo a una tasa superior al crecimiento demográfico. Ambas fórmulas desembocarán, inevitablemente, en un desastre. Parece que el momento de hacer un replanteamiento integral es ahora.

Nos vemos en la próxima para proponer un bosquejo de las líneas generales (de las evidentes, tampoco hay que ser mago) de este replanteamiento.

Antonio Contreras tiene más de 25 años de experiencia en el sector asegurador mexicano. Su correo es acontrerasberumen@hotmail.com

Las opiniones expresadas en los artículos firmados son las de los autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de El Asegurador.

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