Caja de resonancia

Charlemos seguros

El asegurador

Después de leer los artículos “Riesgo Peje” y “Riesgo Peje 2”, escritos en junio de 2018; de escuchar los comentarios de algunos lectores  y de analizar lo ocurrido desde la elección presidencial del 1 de julio, he llegado a una conclusión: nuestro flamante presidente va a intentar cumplir   las promesas de la campaña de 18 años que finalmente lo llevó a “la Grande” (ya no digo a Los Pinos porque ese lugar se ha convertido ahora en lugar de solaz y esparcimiento para  los chilangos).

Con algunas semanas en el cargo, el primer mandatario ya ha concretado la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la suspensión de las reformas educativa y energética y la reducción de las remuneraciones de los funcionarios públicos que estaban arriba de los 108,000 pesos. Todavía no está muy claro, pero AMLO también se encamina a combatir la corrupción;  aunque todavía no se difunden las acciones de detección y procesamiento de culpables.

Desde la rendición  de protesta, con banda presidencial ya cruzada y Peña Nieto sudando y tomando agua para pasar el trago amargo de la crítica abierta y la acusación velada, AMLO anunció el desmantelamiento del esquema neoliberal  (puesto en marcha por Carlos Salinas de Gortari, secretario de Programación y Presupuesto en 1985) para lograr abatir la hiperinflación y reflotar la economía del país, después del desastre de los 12 años de los “amigos de la infancia”, de Echeverría y de López Portillo, quienes  al hilo sumieron al país en una profunda crisis, con devaluaciones y nacionalizaciones incluidas.

Salinas desmanteló el proteccionismo del que gozaba la industria nacional. Por supuesto, los gritos de dolor y los pronósticos de desastre de la planta productiva, ante la amenaza de productos de mayor calidad y menor precio, se escucharon lastimeros durante un largo periodo,  mientras el país, sin otras ventajas competitivas que su ubicación geográfica y su mano de obra barata, se enfocaba en la exportación, proceso avivado por la entrada en vigor del TLC, en enero de 1994.

México le entró de lleno a la maquila, con la idea de desarrollar capacidades que le permitieran en un futuro captar una   proporción mayor del fruto del trabajo de los connacionales. Mucho de este propósito, sin embargo, ha quedado pendiente.

En 1982  existían 1,150 empresas paraestatales, entre las cuales había bancos, aseguradoras, aeropuertos, armadoras de autos, hoteles, mineras, ingenios azucareros, siderúrgicas, transbordadores, fábricas de bicicletas, librerías, radiodifusoras y productoras de cine. Vivir “fuera del presupuesto” era, sin duda, “vivir en el error”.

La venta más sonada en aquella época fue, por supuesto, Teléfonos de México, el ineficaz monopolio de poderoso sindicato, tan en auge   cuando resultaba casi imposible conseguir una línea telefónica, a no ser que se echara mano de mordidas e influencias.

La venta de casi todas las empresas del Gobierno  produjo 23,000 millones de dólares; pero, sobre todo, trajo un enorme alivio a las finanzas públicas al relevar al Gobierno de su actividad de promotor de la economía nacional, labor en la que dio estrepitosos tumbos durante años.

¿Y qué vino después?

Cierto es que se acabó la hiperinflación, se vendieron las ineficaces empresas del Gobierno  y la balanza comercial empezó a mejorar, con exportaciones mucho más diversificadas. Pero el brutal ajuste iniciado en 1985 tuvo como eje la disminución del salario, con aumentos anuales de  60 por ciento pero inflación de 120 por ciento: ilusión pecuniaria de unos billetes más, hecha trizas al llegar al mercado a comprar lo mismo por más del doble.

La economía informal creció sin freno, tolerada o auspiciada por un gobierno  patrocinador de líderes que, al desbordarse, sacaron las garras: placas de taxis al por mayor, “peseros” y     banquetas tomadas por comerciantes de “cuota”, que no de impuestos, quienes se impusieron a los locatarios de atrás del puesto, obligados estos últimos  a cerrar ante la desleal competencia del ambulante de improvisado tenderete.

Pactado el contubernio entre el poder económico y el poder político, los tres  multimillonarios mexicanos en la lista de Forbes,   con modestas fortunas de apenas unos miles de millones de dólares, dieron paso al hombre más rico del mundo.  “Que se enriquezcan más los ricos para que la derrama de su expansión nos toque a todos”, fue la consigna. “Ayudemos a los empresarios con subsidios al transporte urbano, en metro  y autobuses, la luz, el agua y otros; dejemos que el ‘bono demográfico’ haga su tarea y mantengamos el principal costo, la nómina, en niveles que hagan rentable o muy rentable la actividad de promoción económica del país. Y de paso, claro, trascendamos la temporalidad de los puestos públicos, a los que hemos accedido por la voluntad popular; y con el apoyo de nuestros amigos del sector privado acumulemos el capital necesario para engrosar, en el futuro cercano, las filas del empresariado nacional”.

Del presidencialismo a la partidocracia, con tres partidos grandes y algunos chicos pero muy lucrativos, como el Verde, negocio familiar reinventado cuantas veces fue necesario, con o sin tucán; o  como el PT, de consignas, pintadas y gritos cada tiempo para conservar el mínimo porcentaje exigido para poder continuar viviendo del erario.

A pesar del neoliberalismo y el propósito privatizador de los gobiernos priistas  y panistas recientes, Pemex, la CFE, el IMSS y otras dependencias mantuvieron los privilegios de una burocracia de élite, “mexicanos de   primera” que en esas empresas se jubilan a los cincuenta y cinco años con el 125 por ciento de su último sueldo. La relación entre las pensiones de los mexicanos “de primera” y las de los ciudadanos “de   segunda” es de tres a uno, considerando la temprana edad de retiro y el monto al que los primeros tienen derecho.

No me extraña que el Seguro Social esté quebrado: ¿más  medicinas? ¿Mejor atención médica? ¿Inversión en clínicas o equipo? Un momento, muchachos, un momento: primero  hay que pagar las pensiones de quienes trabajan 20 años para después disfrutar de 30 años en calidad de “jubilados” a tope. “Que  te mantenga el Gobierno”, decía algún padre atribulado al contemplar, asustado, las cantidades de comida que ingería su hijo adolescente. Pues, si el muchacho hubiera trabajado  en el Seguro Social, la reconvención se habría cumplido cabalmente.

Ahora parece que regresamos a la era de los caudillos, con un Peje que ya “no se pertenece”, en una remembranza del comandante Chávez, que hasta recetas de cocina y fórmulas de autocultivo dictaba en su programa semanal de radio.  Después de 18 años de feroz oposición, el padre bondadoso de encanecida cabellera resolverá todos los afanes del infantil pueblo, al cual “no le va a fallar”.

Dependeremos, pues, no de contrapesos reales, división de poderes ni instituciones sólidas, sino de la buena voluntad de mi abuelito, siempre y cuando no nos resulte un lobo populista que nos obligue a salir huyendo, en la medida de nuestras posibilidades, a Houston, Miami o Mérida… España.

¿La conclusión del suscriptor?  

Casi cualquier sistema es bueno, sea neoliberalismo de reducida intervención estatal, integración económica a bloques comerciales o populismo de desarrollo de industria nacional, consumo interno y subsidios a los más necesitados.

¿Entonces por qué continuamos oscilando entre uno y otro?

Porque las ideologías no inspiran   un programa que guíe las acciones de un gobierno en la búsqueda del bien común. Seguimos esperando que las ansias de poder y dinero de gobernantes dispuestos a todo coincidan con los propósitos de un mayor bienestar para la mayoría. Antes llegará el   Cruz Azul al campeonato que una combinación tan desafortunada como ésa rinda frutos.

La fórmula no tiene mayor ciencia: si  un pueblo come y se educa, lo demás dependerá de la iniciativa, creatividad y disciplina de cada individuo, en un sistema que no distinga entre “mexicanos de   primera” y “mexicanos de segunda” y que arrope las actividades de todos en un estado de derecho y una impartición de justicia efectiva.

El meollo de todo esto  es que el objetivo de un esquema como el descrito debería ser el bienestar común;  pero ¿a quién le interesa algo tan abstracto cuando hay tanto negocio por hacer y tanto presupuesto para repartir?

¿Un pueblo educado que cuestione las decisiones y acciones de sus gobernantes? Mejor reforma y contrarreforma, para taparle el ojo al macho.

Benditas redes y tecnología para reciclar, una y otra vez, la misma basura, con la patética “clase media”  convertida en caja de resonancia de ataques sin fundamento a un gobierno que apenas empieza. No voté por AMLO, y no estoy de acuerdo con la mayoría de sus planteamientos para resolver la aguda inequidad en la distribución del ingreso de un país inseguro y sumido en la corrupción;  pero me queda claro que nuestro presidente intenta transitar de lo romántico a lo realista, en una ruta plagada de amenazas que pueden desembocar en impulsos populistas y desarrollo por decreto. Sin embargo, es cierto que el Peje lleva 18 años anunciando sus planteamientos, y todo parece indicar que   va a seguir llevándolos a la práctica, por lo menos en la proclama y el discurso, avanzando y reculando según las circunstancias se lo permitan. De incongruente, al menos todavía, no podemos acusarlo.

Nos falta cuidado para filtrar las críticas y los pronósticos negros de un futuro chavista. Cuidado, porque es claro que podemos contribuir a generar lo que tanto tememos.

Las opiniones expresadas en los artículos firmados son las de los autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de El Asegurador.

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